El último adiós

EL ÚLTIMO ADIÓS

Estimada familia, aquí me tenéis de nuevo, por suerte o por desgracia, muy pronto para vosotros ¿no? Eso lo decide cada uno…

En esta ocasión voy a escribir un prólogo que hice con la intención de contar la historia de mi vida, pero la cosa se quedó ahí, en un prólogo. Empecé el capítulo 1 pero tan solo llevo una página y poco más.

Esta entrada guarda mucha relación, de hecho, es como una continuación, de la primera entrada que hice, EL BESO, a la cual podéis acceder si pincháis en la palabra. Y ya por último mencionar que, al tratarse de un supuesto libro que iba a escribir, los nombres de los personajes son ficticios, pero podéis imaginar que Ana soy yo. ¿Preparados para esta mini historia? Let’s go!

PRÓLOGO

Tengo muchas lagunas, pero recuerdo que algo de gente fue a visitarlo, incluso mis compañeros de clase fueron a verme. Obviamente se trataba de un paripé que había montado el profesor para mostrar un apoyo que ni sentían ni padecían, teniendo en cuenta que mi relación con mis compañeros era prácticamente nula. Dos besos cada uno. Algunos hablaban conmigo, otros callaban, dicho de otro modo, sólo llenaban un cuarto frío de más frialdad.

Le veía a través del cristal. Le veía respirar. Era mi imaginación. Mis ojos veían cómo su pecho se movía, pero estaba quieto, no se movía, no respiraba. Su vida se había apagado junto con la mía ese mismo día.

Recuerdo familiares prometiéndome estar ahí, llevarme a sus casas para que no me sintiera sola, llevarme de vacaciones a sus pisos a pie de playa. Lo sé. Es lo típico que se dice en estas situaciones. Esto y muchas cosas más. ¿Qué se dice cuando has perdido a la única persona que te ha querido en tus 21 años de vida? Lo siento.

¿Lo sientes? Sentir es estar 5 años en coma y haber estado ahí desde el primer momento en el que mi hermano, con tan solo 18 años, entró en este estado. Sentirlo es estar cada día, visitas, llamadas. Puedo entender que cada persona tiene su vida, pero no puedo entender que no hubieran esas visitas, ni esas llamadas, ni ese apoyo, ni esa ayuda física y psicológica. No puedo entender la falsedad de la gente, la hipocresía. Y es que ya no se trataba de mí, pero al menos por él.

Pues sí. Esos son mis recuerdos de aquel día. Visitas fingidas, falsas e hipócritas. Recuerdo que tenía que hablar con todas esas personas cuando lo único que quería era estar frente al cristal y mirarle. Apenas me quedaban horas para ello y quería aprovechar los últimos momentos, los últimos minutos, los últimos segundos.

Las horas pasaron, ya llegó el momento. Había que llevarlo a la iglesia para rezar por él, para pedirle a Dios que lo tenga en su gloria. Si existe un Dios, ¿por qué permite que niños del tercer mundo mueran de hambre, que haya guerras, que muera gente joven, que un adolescente pase 5 años de tu vida en estado vegetativo para luego llevártelo sin preaviso?

  • Ana – escuché que alguien me nombraba. – ¿Quieres pasar a despedirte de él? –

Yo no hablaba, era obvio que quería despedirme. Y entré en esa sala. Allí, justo en medio, se encontraba el ataúd a medio abrir. Parecía que estaba dormido. Yo me acerqué. Le hablé. No recuerdo lo que le dije. Le susurraba al oído, le acariciaba el pelo…

  • Ana, ya tienen que llevárselo, tienes que despedirte -.

Entonces lo miré de nuevo, y le di aquel beso. Un beso en la frente que se sentía tan gélido que heló mi alma para siempre. Mantuve un rato mis labios pegados sobre su frente, con los ojos cerrados. Me separaron de él y se lo llevaron para no volver a verlo nunca más. Y con él, me llevaron a mi también, donde nos enterraron juntos. Y no volví a ser yo.

Un abrazo familia.

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